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Etimológicamente hablando, la farándula es la profesión de los farsantes, aquellos que antaño formaban compañías cómicas e iban de pueblo en pueblo mostrando sus farsas. De ahí que “farándula” derive del alemán “Fahrender” que significa “vagabundo”. El profesor Juan Pablo Mira escribe sobre la abominable farándula, una actividad que debemos erradicar de nuestras sociedades.
La palabra “farándula”, más allá de su significado, siempre me ha parecido fea, cacofónica. Tal vez, porque al escucharla, se viene a mi mente otra palabra, diferente sólo por dos letras; me refiero a “tarántula”. Ese arácnido deleznable, carnívoro súmmum de su especie, de múltiples patas y ojos, de amenazadores colmillos y todo cubierto de pelos. Es más, creo que si a la esdrújula “farándula” la transformásemos en la grave “farandula”, bien podríamos utilizarla para la clasificación de algún insecto o tal vez para nombrar a alguna criatura mítica tan despreciable como Medusa o Hidra. Imagine usted: ¡Mamá, me picó una farandula! o quizás, Hércules cortó una de las patas de la terrible farandula. Y si con mis disquisiciones no lo convenzo, entonces preste atención a Virgilio que harta más autoridad tiene:
« […] Al instante la fama va corriendo / por las grandes ciudades de Libia. No hay plaga más veloz./ Moverse le da vida, cobra nuevo vigor según avanza. / Su rapidez le infunde fuerzas, / Al principio, menguada por el miedo, luego se alza a las auras, / con los pies en el suelo su cabeza se cierne entre las nubes. / Irritada su madre la Tierra con los dioses, según cuentan, / engendró la postrera a esta hermana menor de Ceo y Encélado. / Veloz de pies, de raudas alas, horrendo monstruo, enorme, / cela bajo las plumas de su pecho, maravilla decirlo, igual número de ojos / siempre alerta, tantas sus lenguas son, tantas como sus bocas vocingleras / y sus orejas erizadas. De noche se desliza con estridente vuelo / entre el cielo y la tierra por las sombras y no rinde sus párpados / ni un punto al dulce sueño. Vela durante el día sentada en el tejado de las casas / o en lo alto de las torres infundiendo incesante terror por las grandes ciudades, / tan tenaz difusora de mentira y maldad como de lo que es cierto. / Iba entonces gozosa propalando los más varios rumores por los pueblos […] » El fragmento, tomado de Eneida IV, 173, surge a raíz de las copuchas que este “horrendo monstruo” va regando sobre los “enredos de sábanas” entre el pío Eneas y la reina Dido. Este tipo de historias “sabrosas” sobre personajes famosos son el alimento de esta criatura insaciable. Hoy como ayer despedaza a sus víctimas a fuerza de injurias y cahuines, vuela, ya no por los aires, sino por las pantallas de la “caja idiota”; alimentado a los espectadores del nuevo circo romano que como polluelos hambrientos en el nido chillan y estiran sus picos clamando por “sangre de famosos”.
Otra cosa diametralmente distinta es la fama heroica, aquella que se logra a pulso en la batalla y que perpetúa al hombre en los libros de historia. La batalla es la de las humanidades, del deporte, de la ciencia, donde los héroes son reconocidos y admirados por sus obras. Esta fama ha de ser bien recibida para que nuestros jóvenes tengan héroes dignos de emulación y respeto; las otras, las pequeñas historias, de rumores amorosos, aumentos de mamas y futbolistas borrachos, bien pueden ser expulsadas de la República.
Etimológicamente hablando, la farándula es la profesión de los farsantes, aquellos que antaño formaban compañías cómicas e iban de pueblo en pueblo mostrando sus farsas. De ahí que “farándula” derive del alemán “Fahrender” que significa “vagabundo”. El farandulero/a será entonces un charlatán, un farsante, un trapacero que va de lugar en lugar –o bien de canal en canal– mostrándose como alguien que no es, interpretando distintos personajes, haciendo una farsa de su vida. Ahora bien, la palestra que tienen los faranduleros está alimentada a su vez por otros faranduleros que hablan sobre sus apasionantes vidas y profundas reflexiones metafísicas. Esta especie ha recibido el nombre de “opinólogo”. (¡Oh Platón! Revuélcate en tu tumba: ¡la opinión hecha ciencia!) La palabra opinología es un sin sentido, un aberración lógica. La ciencia, es decir el logos, versa sobre lo universal, y ciertamente la opinión, sobre todo la de los farsantes, no permanece siendo la misma. Por ello, análogamente a como los antiguos faranduleros eran vagabundos de pueblo en pueblo, presentando sus farsas, los opinólogos son vagabundos gnoseológicos, sus palabras nunca permanecen idénticas a si mismas, pues, precisamente lo opinable, se refiere a lo que no es necesario, sino a lo que puede ser de otro modo, a lo que muda o vagabundea.
Y que decir de como afecta moralmente a quien se deja narcotizar por estos encantadores de serpientes. En ellos la farándula despierta las pasiones más bajas: la envidia, la descalificación gratuita, el exhibicionismo, el morbo, etc.; dejando al vouyerista de la carnicería sediento por ver a más famosos en situaciones indecorosas.
Con todo lo anterior, abogo por el destierro de tan repugnante y nociva criatura de las pantallas de televisión. Bienvenido ahora el diálogo sobre la libertad de expresión, el derecho a estupidizarse y eso de que “al que no le gusta que no lo vea”. Pero también bienvenida la discusión sobre cultura, reformas a la educación y medios de comunicación. Discusión que lleve a entender que la televisión es una de las armas educativas más poderosas; que no puede quedar al mero arbitrio de inescrupulosos, que con tal de llenar sus bolsillos, no dudan en envenenar a los telespectadores con basura disfrazada de “entretención”, porque aunque la farándula se vista de seda, tarántula siempre queda.
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